Vengo de ver Babel.
Estoy exhausta, he llorado tanto, mezcla de alegría melancolía, añoranza, reflexión y escribiendo esto vuelvo a llorar.
Me encanta ver algo que se paso por muchos años de planeación, sacrificio y el amor de todas las personas que trabajaron en ella.
¿Qué me dejo a mi?, un abrazo a mi corazón, recordándome que aislándome no gano nada, solo sufrimiento. Diálogo, humildad y obediencia es lo que percibí hoy en Babel. No voy a hacer una reseña de la peli, esa la puedes encontrar en cualquier periódico o página de Internet. Quiero hablar de lo que a mi me conmovió: soy parte de un entramado inmenso, donde mi actuar o palabras, aunque muchas veces no lo perciba, tienen implicaciones cerca y fuera de mi.
Es esperanzador saber que una pareja, aún después de los años y de las recriminaciones mutuas, en una situación extrema, pueden conjugar en un beso el amor que se tienen, pero por las dolorosas culpas no sabían si todavía habitaba ese sentimiento que alguna vez los unió. Es doloroso darse cuenta, que no se necesita ser un adulto para quebrantar las leyes, para corromper los lazos entre hermanos, para no respetar y honrar a tus padres; confundiendo el valor con la soberbia.
Sin olvidar la desesperación de jugar con la seguridad de terceros, sin medir consecuencias por pretender sobrepasar las reglas, esas normas que tantas veces me hacen desesperar, creo que las empiezo a entender: es la legalidad.
A pesar de la soledad y aridez del desierto, de la desesperación por hablar distintas lenguas y gestos, Gonzáles Iñaritu y Arriaga me dejan el dulce y sutil convencimiento de que la fragilidad de la desnudez frente a quien te dio la vida se funde en la esperanza de saber que hay situaciones provocadas del dolor que nos rebasan, pero siempre puede existir un alma a tu lado para cobijarte en un desinteresado abrazo.
Eso fue lo que me dejo Babel (y una sudadera llena de lágrimas y mocos, reemplazo de los carentes kleenex).
¿Qué te dejo a ti?
